Hoy tuve que ir al consulado de mi país. Me alegró ver la gran bandera ondeante sobre la puerta de la entrada. "Mi país", pensé. Al acercarme noté que afuera decía que en esa casa había vivido Miranda y Andrés Bello. Sonreí. Venezuela, mi país.
Pensé en la tragedia que vive Venezuela ahorita, miles de personas afectadas por las lluvias torrenciales de los últimos días. Pensé en sus casitas innundadas, me imaginé sus pocas pertenencias mojadas. Pensé en las miles de personas que tuvieron que abandonar sus casas para buscar resguardo en algún refugio.
Pensé todo eso mientras esperaba en la puerta a que me abrieran. Cuando abrieron esperé encontrarme con alguien tal vez con una sonrisa de bienvenida, algo así como un Buenos Días con sabor venezolano, pero una cara agria me recibió, tan helada como el frío que hacía afuera. El odio llega hasta Londres, pensé. Tal vez ese sea el problema de Venezuela. ¿O serán ideas mías?
Yo no sé porque una parte de mí se siente mal de no poder ayudar de alguna forma a arreglar ese lugar caótico llamado Venezuela. Prefiero no hacerlo por seguridad. Me gusta pensar en que quien sabe si tal vez algún día, pueda llevar las cosas que aprendo aquí, para allá.
En fin.
Seguiré mostrándoles las fotos de Londres de estos días.
Este pequeño pozo, donde suelen darse un chapuzón los perros está así de congelado. Que bello poder ver todo así.
Me encantan los perritos londinenses. Es raro que volteen a mirarme a mí o a cualquier extraño, pero entre ellos adoran hablar y jugar. Hay muchos que lucen callejeros, es decir, fueron adoptados. ¡Eso me encanta! Hay muchos de esos que lucen chivuos. Muy cuchis.
Otros son galgos, flaquitos y casi los arropo con mi chaqueta cuando los veo. Hay unos diminutos que los llevan amarrados todos juntos y caminan con las colas en alto, muy orgullosos. Hay otros grandototes y peludos y todo el mundo voltea a verlos. Sus dueños juegan mucho con ellos en los parques. El otro día había una chica tomándole fotos a su perro en medio de la niebla del parque.